Cañaveralejo: cinco tardes de sol, de pocos toros y toreros
Y de pocos aficionados en los tendidos, los mismos que se niegan a abandonar Cañaveralejo a pesar de los empujones con los que los quisieron sacar de allí años atrás. Ahí, a su plaza, volvieron este año los de siempre, con el tufo de la Cali pachanguera, gozando y arropando a los toreros sin dejar de exigirles. Y también se desesperaron, normal, como ocurrió al final de cuatro encierros, cada uno peor que el anterior. Solo el último día de la feria tuvieron motivos para lanzar algún cohete, dada la presencia de un encierro que al final no rompió.
Una lástima porque la feria tenía nombres. No todos conocidos, como Joaquín Galdós que sorprendió con su clase en la segunda tarde de la feria ante un lote de Campo Real que, como el resto de la corrida, tuvo una indigna presencia. El peruano cortó la única oreja de esa tarde en la que Román y Javier Zulueta naufragaron entre los avisos ordenados por la presidencia.
Poca historia había dejado la tarde inaugural el día anterior, el 26 de diciembre. Debutó Marco Pérez cortando una oreja del toro que cerró la tarde. Antes, en el toro de su presentación, los del palco quisieron poner caros los trofeos y no atendieron el llamado de los pañuelos blancos que solicitaron premio para el joven de Salamanca. La espada alejó los premios que habían labrado Sebastián Castella y Juan de Castilla ante un encierro de Juan Bernardo Caicedo que fue el presagio del mal juego de los encierros que esperaban en los corrales de Cañaveralejo.
El aniversario de la plaza no tuvo fiesta, los toros herederos de Ernesto Gutiérrez la apagaron. Y también una espada, la de Luis Bolívar que en sus manos suele ser un cañón. Esta vez no lo fue y el torero caleño lo lamentó. Alejandro Talavante desconcertó a todos: es el primero que quiere estar en Cali, pero tras cruzar el océano y pisar Cañaveralejo pasó inadvertido. La pitada con la que lo despidieron fue monumental. Olga Casado fue rebosada por los novillos que lidió, de Miguel Gutiérrez y Juan Bernardo Caicedo. Arropada por el público saludó ovaciones, la última acompañada de tres recados presidenciales.
El regreso del maestro
Volvió César Rincón y con él la ilusión de los aficionados que lo habían podido ver y los que esperaban verlo por primera vez. No se arrepintieron los que fueron a la plaza – la mejor entrada de la feria-, llegaron con ilusión y se marcharon con los vellos en punta. Y es que el que tuvo retuvo. Y eso que la espada del maestro le quitó de las manos dos seguras orejas en su segundo toro; una había cortado en el primero. Pero a esa altura de la noche del festival, tras una faena y un faenón, los trofeos eran lo de menos. Ahí, en ese ruedo testigo de tantas tardes gloriosas, había quedado un capítulo del Cossio dictado por el maestro colombiano. Sebastián Castella y Marco Pérez estuvieron a la altura del compromiso. El francés cortó dos orejas y el español tres. Eso sí, todos salieron de la plaza hablando con nostalgia de la tauromaquia del torero colombiano.
La tarde del cierre estaba designada a ser la de los trofeos. El encierro de Salento se salió del libreto de lo que había sido la feria en el tema ganadero, pues sus ejemplares rondaron los cinco años. Ante ellos, Jesús Enrique Colombo y Luis David Adame, conocedores de los tendidos de Cañaveralejo, prendieron llamas de emoción con capote, muletas y banderillas. Se marcharon los dos a hombros, junto al ganadero, tras cortar cada uno dos orejas a los dos últimos toros de la feria. El venezolano y el mexicano no solo compartieron la salida a hombros, también el Señor de los Cristales, el premio mayor de la feria tras una decisión poco común. Antes, José Arcila se marchó entre pitos de una plaza que siempre se le resistió. Punto aparte merece el esfuerzo de la empresa, también sus remates de corrida, a la altura de lo que alguna vez fue Cali y su feria taurina.


